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sábado, 27 de febrero de 2010

El fantasma de Gallegos que recita a Cortázar


Por Anónimo  (creo que ya no tiene mucho sentido seguir reafirmando el miedo que tenemos de firmar con nuestros nombres)

Gallegos cree que estoy obsesionado con él. En las noches, cuando hago la ritual travesía al baño, descubro su sombra proyectada contra alguna pared de la casa. Una sombra inmutable. Una sombra que espera algo. Una sombra que me dice que estoy obsesionado con él. Y yo le pregunto que si no tiene nada más que hacer más que perseguirme en las noches del siglo XXI para comprobar que todavía alguien lo recuerda, y él me responde muy ofendido que muy bien podría estar charlando con otros amigos en la Eternidad, pero que comprende que yo comprendo la importancia de su legado para el país, y que yo estoy obsesionado con él. Y yo pienso: vaya con estos viejos nostálgicos. Y yo pienso que se parece a tantos viejos jubilados a quienes después de su retiro una inercia les impide dejar de volver a trabajar porque descubrieron en algún momento (y esto supondría un pequeño drama privado, de lágrimas tragadas a nudo en cuello o palizas alcohólicas en alguna tasca de la ciudad) que ya hacía mucho se habían jubilado de la vida y sólo les quedaba el consuelo de sentirse útiles trabajando. Y yo veía en la sombra proyectada en la pared la melancólica postura de quien se resiste a no ser útil. Así que le hablo de descansar, de olvidarse de este país y este mundo que, a decir verdad, ya se fue al carajo y el último que apague la luz, aunque en este país ya  ni eso. Y Gallegos muy airado contesta, con esa voz entre tempestuosa y sibilante propia de las almas en pena, que nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclarar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo. Y yo asiento muy complacido con lo que acabo de escuchar, con el aplomo de las palabras de Gallegos que aún resuenan, que aún desde el más allá batallan, y no pienso, o no me detengo a contemplar, que las palabras de Gallegos ya las conocía, que ya las había leído, que ya las había memorizado luego de una lectura emocionada de una novela de Cortázar. Entonces recuerdo haber pensado que todo esto era producto de mi imaginación, que estos trasvasamientos eran mi culpa y que nada de esto estaba pasando, y que esa sombra no era la de Gallegos sino la mía propia proyectada sobre la pared por un reflector de la calle. Y de pronto todo fue silencio, y la compasión que de pronto sentí por Gallegos, por su aplomo, por su empecinamiento en ser útil a los "destinos de la patria" aun desde el más allá se borró por la nostalgia que de pronto empecé a sentir por la figura de Gallegos, por la figura del intelectual ascendiendo a la presidencia de la República por elecciones libres y directas. De momento la compasión por Gallegos no era sino un reflejo de la compasión por mí mismo extrañando los tiempos en que un civil, un intelectual, podía ser electo para dirigir mi país. Y luego la sombra desapareció. Y luego recordé que la sombra era mi sombra. Y luego desperté de esa dulce modorra de la tristeza que te sorprende a mitad de un pasillo durante alguna madrugada del siglo XXI y me di cuenta de que la luz se había ido otra vez en todo el sector, que por eso mi sombra había desaparecido y que pronto, a este paso, empezarían a proliferar nuevamente los mitos de espantos que el imperio de la luz eléctrica había erradicado del todo durante el siglo XX de la imaginería urbana. Mi país retrocedía al igual que yo desandaba el camino al baño no fuera a ser que en el camino se me apareciese el fantasma de algún expresidente melancólico y nostágico y lo tuviera que encarar. 

Prefería aguantar las ganas de orinar hasta que amaneciera.

jueves, 18 de febrero de 2010

Nuevos contactos con Gallegos (desde el Titanic)

 
Por Anónimo (paranoia, miedo, da igual, el anonimato se mantiene)

Soñé que viajaba en el Titanic y yo era uno de los telegrafistas del barco. Era cerca de la media noche y me desperté porque la lámpara de mi camarote no paraba de titilar. Era, entendí de pronto, el código morse con luz. Era, supe luego, Gallegos desde el más allá.

Me decía que Los poderes, que rebuscara entre sus escritos de La Alborada y publicara "Los poderes". Que hacía falta, que se venían las elecciones de la Asamblea Nacional y hacía falta.

Le dije que estaba bien, que lo publicaría, pero que ahora necesitaba dormir. Y luego me dijo que Herrera Campins mandaba a preguntar que si aún existían los torontos.

Me desconcerté.

Les dije que cómo era posible que estuvieran enterados de la conveniencia de publicar ese artículo en estos momentos del país y no supieran si aún había torontos.

Caldera nos contó, fue su respuesta.

¿Y Caldera no les habló de los torontos?

Sí, dijeron, pero también nos contó sobre la ola de expropiaciones y a Herrera se le metió en la cabeza que iban a acabar con los torontos, que iban a acabar con su preciada chuchería.

¿Por qué?, pregunté, ya molesto de que estos expresidentes no me dejaran dormir en paz ni en mis pesadillas.

Venganza política, dijeron, y luego la lámpara explotó. Y luego sentí un trueno, prolongado y estremecedor, pero no era un trueno sino un quejido de metales rasgándose. Y recordé que estaba en el Titanic, que yo era uno de los telegrafistas y el deber me llamaba. Y luego desperté en mi cama, en mi casa, y recordé el sueño y me vine a cumplir la voluntad de Gallegos. Luego quizá baje al kiosko a comprar torontos. Por ahora, Gallegos.


Rómulo Gallegos, "Los poderes", La Alborada, número 4, marzo, 1909.

Para determinar de un solo rasgo el carácter de nuestros gobiernos bastaría apenas indicar, en el desequilibrio de los tres poderes que lo forman, cuál de sus funciones respectivas tiene preeminencia en la función total.

Nuestros gobiernos han sido esencialmente ejecutivistas. Al poder Ejecutivo han estado siempre subordinados los otros dos, Legislativo y Judicial, debido a una inversión de los términos cuyo origen pareciera estar en la misma Constitución, aunque su verdadera causa está en la propia alma nacional.

El expediente de la refrendación que incumbe al Ejecutivo, de las leyes promulgadas por el Poder Legislativo, ha sido la brecha abierta a la irrupción del personalismo.

Este ha dado todo lo que de por sí podía dar, favorecido por el amplio espíritu liberal de las instituciones —cuya bondad se ha convertido en próvida fuente de males—, y por el otro expediente familiar de las revoluciones armadas como único camino abierto a todos hacia el poder. Aquel espíritu de republicanismo puro, declara a todo ciudadano capaz de ejercer el poder supremo; esta forma de lograrlo, favorece en más la audacia del aventurero, que los méritos y aptitudes de quien acrisoló su destreza en el estudio y su conciencia en el deber.

De aquí la paradoja política de nuestra República; liberalismo en la ley, autocracia en su aplicación, y de aquí que haya sido siempre cuestión de azar, obtener un gobierno capaz de orientar por rumbos de patriotismo una labor cuya iniciativa ha estado reservada a un hombre solo.

Y será cuestión de azar mientras un hombre sea la solución y una voluntad la única capaz de realizar el prodigio. Entre tanto, nada valen las fórmulas, constitucionalidad o dictadura significan lo mismo; siempre habrá que esperarlo todo de quien las ejerza, siempre tendrá quien las ejerza todos los caminos abiertos, y el calificativo será siempre del hombre y no del sistema.

Extraviados van también los que pretenden llevar a cabo reformas, dando a este rasgo personal de nuestra nacionalidad que parece definirla, entidad de carácter irreductible, sin tener en cuenta que este nuestro ejecutivismo, no es más que un producto del momento histórico, un estado de transición hacia ulteriores formas definitivas y luego que nada habremos ganado elevando a la categoría de derecho el abuso, sancionado este funesto predominio del Ejecutivo porque el mal no proviene de que las funciones de éste se hallen coartadas por las del otro Poder Legislativo, sino de lo contrario precisamente y en este sentido es que deben orientarse las aspiraciones de los reformadores.

Nuestro ejecutivismo no es un producto de una causación social, sino la forma más fácil de preponderancia de un individuo y si algo hay que destruir es esta funesta privanza, elevando los otros poderes a la categoría de entidades reales.

La experiencia nos acaba de enseñar otra vez, cómo fue de fatales consecuencias para el país, aquella atribución omnímoda que se arrogó el ex-presidente [Cipriano] Castro, de legislador y juez supremo, creando leyes que a él sólo le favorecieran, administrando justicia según su propia conveniencia.

Y Castros habrá mientras el presidente de la República no vea en torno suyo más que hombres dispuestos a todas las transacciones y nombres sin valor de poderes irrisorios, y —es necesario decirlo— bondad será de quien ejerza el Ejecutivo reconocer en los otros la soberanía que hasta ahora no han tenido.

Para dársela sería necesario que el pueblo escogiera los hombres que han de representarlo en el Legislativo, libremente y entre los que no tomen parte en la política militante del momento y sean capaces de triunfar de todas las insinuaciones para el cumplimiento del deber; y será necesario escoger los jueces entre los íntegros... Para que estos poderes, el Legislativo y el Judicial, conserven su soberanía y sean autoridad sobre el Ejecutivo, será necesario que el pueblo no delegue la suya incondicionalmente en las manos de un solo hombre.

Y será necesario que la prensa se apreste a llenar el vacío que ha dejado su misión, capacitada de su deber ilustrando las multitudes en la noción de sus deberes y derechos, encaminando los pasos del tropel ignaro por senda de convicciones, cultivando el antiguo heroísmo en nuevas cepas de civismo.

Nota del transcriptor: se ha mantenido total fidelidad al original.

martes, 16 de febrero de 2010

Ahí viene la cabra mocha recitando a Gallegos



Por Anónimo (y el miedo, como la conspiración, continúa)

Luego de haber establecido comunicación con el maestro Gallegos a través de una cabra alucinada que sirvió de médium en el solar de la casa de una dama preocupantemente alienada de la realidad (léase: ver Globovisión) en algún lugar de El Consejo, Estado Aragua, hemos logrado del maestro la autorización para reproducir un extracto de su obra ensayística (aquella inicial de la etapa de La Alborada, del ferviente idealismo y optimismo por la salida del poder de Cipriano Castro, a quien tanto admira y mienta Esteban, que muchos confundieron con amanecer o con alba, incluido el propio Gallegos, pero que después se verá que es noche cerrada que durará más de 25 años) que denuncia con una lucidez y vigencia emblemática del pensamiento del maestro ciertas cosillas, ciertos males, ciertas costras que una vez arrancadas descubrimos que siguen siendo llagas supurantes, aparentemente eternas, o, al menos en la práctica, visiblemente eternas; o, en todo caso, insuperadas.

El maestro Gallegos, por supuesto, no sabe de los objetivos del blog, que en realidad son "ninguno", o quizá solamente la exorcización de ciertos demonios que nos tienen paranoicos, imaginándonos cosas, entre ellas invasiones yankees y dictadores militares del siglo XXI profesantes de una ideología trasnochada pero rebautizada como socialismo del siglo XXI, como si con aquello rejuveneciera su evidente decrepitud; o como si este desastre, esta jodedera, este bochinche que tenemos como país, fuera algo más que eso: un desastre, una jodedera, el bochinche o la rumba de un espectacular caudillo (popstar, Residente dixit) del siglo XXI haciendo uso de todas las posibilidades que le ofrecen los tiempos actuales, como comprarse de juguetico un satélite, o ejercer un casi completo dominio del espectro radioeléctrico.

En todo caso, estimados lectores, que son pocos pero son, tengan en cuenta que el maestro Gallegos ha sido engañado para que ceda este minúsculo fragmento de su obra desde el más allá en colaboración con esta publicación que, según cree él, goza de fama y prestigio en el país y está regida por gentes de principios, eso ante nada.

Nos preguntó: ¿la dirige gente de principios?

Desde luego, maestro, se le contestó sin que nos temblara un pelo.

Luego la cabra empezó a toser, y sonrió, y percibimos cierto cambio en su expresión, y volvió a toser y de pronto supimos que Rafael Caldera quería mandar saludos, y le dijimos que de ninguna manera, que por favor respetara al maestro, que era a quien queríamos, desde un inicio, contactar. Así que muy decente, muy educado, Caldera se despidió, y luego la cabra cayó rendida y luego supimos que había muerto.

Logramos salir de El Consejo antes de que la doña antes mencionada, que por respeto y por comprensible pudor cuidamos no revelar su identidad, se diera cuenta y nos cobrara a la pobre cabrita que no aguantó ser poseída por dos expresidentes venezolanos al mismo tiempo.

Por cierto que todo esto ocurrió ayer, y nos olvidamos de darle el feliz cumpleaños al maestro de los 81 años de publicación que cumplía Doña Bárbara. Con razón desistió de la comunicación y nos pasó a Caldera. Aunque quiero pensar que Caldera lo usurpó. En fin...

El fragmento que vamos a reproducir forma parte de "Hombres y principios", publicado originalmente en el número 1 de La Alborada, el 31 de enero de 1909.

Contextualicemos: Castro se había marchado enfermo al exilio, aunque esto último no lo sabía pero quizá lo presentía, y Gómez se hacía con el poder levantando un clima de entusiasmo y esperanza en el país que pronto se encargaría de desvanecer de un zarpazo.

Y ya, sin más preámbulo, Gallegos:

"Se puede decir que en Venezuela la ley del equilibrio de las fuerzas vivas del Estado, condición esencial para la estabilidad y el progreso, ha sido interpretada de manera más bizarra, por no decir absurda. Parece que aquí entendiéramos por equilibro el estado anormal que determina la presión de un individuo sobre la colectividad. La mayoría de los venezolanos está dispuesta a acatar y sostener este funesto predominio, siempre que el que lo ejerza invierta un poco de tesoro común en obras públicas y mantenga la paz. Pero resulta después que esta paz, viene a ser la de Varsovia, y a la larga, deja de ser una necesidad de todos para convertirse en la de uno solo. Comienza entonces, naturalmente, a cundir una ansiedad angustiosa y surge una guerra, más funesta quizá que la que se resuelve en los combates de sangre; la guerra sorda del descontento general".